Dadas mis circu…

Dadas mis circunstancias personales, ha sido una constante en mi vida el pensar en la muerte; ya no tanto en divagaciones e hipocondrías sobre mi propio fallecimiento sino en la muerte como hecho en sí. Por suerte para mí, la muerte solamente ha rozado mi entorno, y cuando lo ha golpeado con dureza o bien la edad del fallecido anestesiaba en cierta forma el dolor, o bien yo no poseía la suficiente madurez y capacidad para comprender lo que ocurría. Sin embargo, de unos años atrás a esta fecha, la pena en el corazón de una persona por la falta de un ser querido se hace tan vívida en mi alma como si el fallecido tuviese mi misma sangre. Yo lo llamo empatía.

Eran las 00:20 aproximadamente del 20 de mayo de 1999 y yo veía la televisión con mi padre. No era un horario demasiado habitual para estar despierto, y más teniendo en cuenta que al día siguiente tenía colegio, pero hacía unos minutos que había cumplido 8 años y mi padre me permitió cierta licencia. De pronto, el teléfono sonó, con el mismo tono que siempre, pero distinto. Pese a lo raro de recibir una llamada a esas horas de la noche un día laborable, mi padre cogió el teléfono y yo creí que lo que habría al otro lado del teléfono sería una voz felicitándome por mi cumpleaños, pero la mueca de mi padre me hizo pensar en lo peor. Mi abuelo estaba enfermo. A las 3 semanas murió. 

Esa llamada marcó mucho mi manera de pensar en la muerte, y en profundizar un poco más en el ritual que la sigue. Pensé en la pena del que llama, como un soldado que toca una puerta para entregarle a una mujer los restos de su marido envueltos en una bandera. Pensé en el que recibe la llamada, inesperada por una parte pero con cierto aire de secreto a voces. La muerte tiene un hedor característico, y ahí donde se acerca inunda el aire de olor a azufre y lo carga tanto que es imposible estar contento aun queriéndolo. Pensé también en qué pasará con ese teléfono si lo dejásemos sonar, si jamás respondiésemos a la llamada. Vivir encerrado en el salón durante el tiempo suficiente para digerir por uno mismo la noticia, aun no habiéndola escuchado. Y es que la llamada de la muerte tiene voz propia, y a quien le suena el teléfono sabe quién está al otro lado, y para qué lo llama.

Quizás la muerte que más duele es aquella en la que podemos reflejarnos. Normalmente nuestra vista no alcanza mucho más lejos de un par de años vista, una década a lo sumo. No entra dentro de nuestros esquemas mentales que nuestra realidad se venga abajo a causa de un fallecimiento, y considerando mi edad es lo más plausible. Sin embargo, he visto morir a amigos y a padres y madres de chicos de mi misma edad. Incluso he visto morir a personas anónimas, pero que viendo sus caras, sus fotos, sus aficiones y sus amigos bien podrían tener mi nombre. Pese a que tu vida va a seguir inalterable a pesar de que esas personas ya no estén, no puedes evitar romper a llorar porque te ves a ti detrás de cada muerte. Piensas que ya no es algo tan lejano agarrar la mano que emerge de un ataúd, hablando entre lágrimas hasta que te hacen retirarte para poner una tapa de pino encima. Lloras porque hay algo que no puedes controlar, y porque notas en tu propio estómago lo que siente el que tienes delante, porque tus lágrimas son las suyas.

Hoy ha sonado el teléfono de la muerte. Ha vuelto el ritual y han vuelto los fantasmas. He vuelto a llorar pese a que mi camino va a seguir inalterable a pesar de la pérdida, he visto a gente llorar a la que siempre me he negado a ver. He visto que hasta el castillo más inexpugnable es vulnerable de caer en pedazos. Más tarde ha vuelto a sonar. La muerte se ha equivocado. Falsa alarma. Aún así ha conseguido despertar dentro de mí sentimientos que hace tiempo que estaban dormidos. 

Un abrazo a los que se han ido, y mucha fuerza a los que se han quedado.

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