JUEGO DE TRONOS: ¿De qué me salvaste?

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–Dejadnos. Quiero hablar a solas con esta maegi. –Mormont y los dothrakis se retiraron–. Tú lo sabías –le espetó. Le dolía todo, por dentro y por fuera, pero la ira le daba fuerzas–. Sabías qué compraba, sabías el precio, y dejaste que lo pagara.

–No debieron quemar mi templo –replicó plácidamente la mujer gruesa, con su nariz plana–. Eso enfureció al Gran Pastor.

–Esto no ha sido obra de ningún Dios–dijo Dany con frialdad. “Si vuelvo la vista atrás, estoy perdida”–. Me engañaste. Asesinaste a mi hijo mientras estaba en mi vientre.

–El semental que monta el mundo ya no podrá quemar ciudades. Su khalasar no reducirá naciones a cenizas.

–Hablé en tu favor. Te salvé.

–¿De qué me salvaste? –La mujer Ihazareena escupió al suelo–. Tres jinetes ya me habían tomado, y no como un hombre toma a una mujer, sino por detrás, como el perro monta a la perra. El cuarto estaba dentro de mí cuando pasaste a caballo. ¿De qué me salvaste? Vi arder la casa de mi dios, donde había curado a incontables hombres buenos. Mi casa también ardió, y en las calles vi montones de cabezas. Vi la cabeza del panadero que horneaba mi pan. Vi la cabeza de un chiquillo al que había salvados de unas fiebres hacía menos de tres lunas. Oí los gritos de los niños mientras los jinetes los hacían avanzar a latigazos. Dime, ¿de qué me salvaste?

–Tienes la vida

–Fíjate en tu khal, –dijo Mirri Maz Duur y dejó escapar una carcajada cruel–, y mira de qué vale la vida cuando se ha perdido todo lo demás.

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