La cultura es el camino que hace noble a los pueblos.

Mientras iba hoy en el coche, he escuchado la noticia de que Catalonia, una librería catalana con casi 90 años de antigüedad, ha tenido que echar el cierre debido a la crisis económica. El responsable de la tienda explicaba que en los últimos años las ventas habían caído un 40% y que la situación era insostenible. La noticia podría haber sido una más de tantas otras que escuchamos en los medios hoy en día. Sin embargo, un dato me ha hecho pararme a pensar un momento en esto, y es que donde antes estaba la librería van a instalar un McDonald’s. Irónico.

Estas situaciones tan cotidianas nos están empezando a resultar trágicamente normales, sin darnos cuenta del simbolismo que el caso de Catalonia tiene para ilustrar la política que se lleva a cabo España. Aprovechando el deslumbramiento que para los ciudadanos y los medios han provocado los focos de los recortes en Sanidad y Educación, el Gobierno reducido un 20% las partidas destinadas a Cultura en 2013. Museos, teatros, bibliotecas y la industria del cine van a sufrir un golpe muy duro que posiblemente sea el estocazo final a un sector herido de muerte por el fenómeno de Internet.

La importancia elemental de la cultura en el desarrollo de un país es tan obvia que simplemente aplicando el sentido común podemos llegar a una conclusión sencilla: la gente más preparada es la que más opciones tiene de ser la que solucione nuestros problemas, entendiendo la preparación como algo que va más allá de la preparación académica o curricular. Sin embargo, el cortoplacismo es uno de los cánceres de la política y a menudo son preferidas acciones más mediáticas que necesarias para así poder ser presentadas con fuegos de artificio por medio de la propaganda electoral. Tristemente vende más una piscina cubierta que un programa para promover la lectura en niños de Educación Primaria, hecho que no es penalizado por el electorado y que retroalimenta positivamente el proceso.

En España los políticos se han empeñado en hacer las cosas al revés; es más, la política en general funciona al revés. Que los gobernados obedezcan sumisamente a los gobernantes dentro de un sistema llamado DEMOCRACIA es una incoherencia tan grande como lo son las implicaciones que ello conlleva. Medidas que atacan directamente a las clases más débiles, un Congreso que no solicita consultas populares ni referendums y una política que sigue empeñada en corporativizar España. Tal y como exponen Alberto Garzón, Vicenç Navarro y Juan Torres en su libro Hay Alternativas. Propuestas para crear empleo y bienestar social en España (click aquí para descargar), los ricos y los grupos empresariales poderosos pagan en España sólo un 20% de lo que pagan en países como, por ejemplo, Suecia. Mientras tanto, se está dejando morir a las PYMES, sector que según el último informe del Ministerio de Industria, Energía y Turismo representan el 60% del empleo en España.

El caso de Catalonia representa un triste retrato país. Hay intereses claros por parte de las altas esferas de hacer desaparecer el espíritu crítico de los votantes. Prefieren llenarnos las manos de hamburguesas que de libros, tenernos ocupados pensando en otras cosas mientras los que tienen que enderezar el rumbo del país no saben todavía ni qué dirección tomar. Acabar con la cultura es acabar con el fino hilo que une a los ciudadanos a la realidad, ese filtro que nos hace obviar la información de los medios y nos permite formarnos opiniones e ideas propias y plantear posibles soluciones. Eso es política.

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