Salir de la jaula

Si algo he podido aprender durante mis 5 años estudiando psicología es que el comportamiento humano no es azaroso. Pueden existir variables externas que puedan ser controladas pero siempre existe un patrón más o menos estable que nos dice que, ante la ocurrencia de ciertos estímulos, se darán una serie de respuestas con una probabilidad bastante alta. Lo cierto es que la psicología experimental ha ido muy encaminada a este objetivo, el de predecir la conducta, que quizás sea el Santo Grial que todo investigador quiere alcanzar. Sin embargo muy pocas teorías son capaces de romper la frontera que separa el laboratorio de la vida real y consiguen ser aplicables en el día a día. Y quizás la teoría de la indefensión aprendida sea una de ellas.

La teoría de la indefensión aprendida fue planteada en los años 70 por Martin Seligman (ya hablé de este psicólogo en el primer post de este blog) y hoy en día tiene mucha importancia en trastornos clínicos como la depresión, pero cada vez más en psicología social y de los grupos. El experimento de Seligman era bien sencillo: encerraba a animales en una jaula y les aplicaba descargas eléctricas, sin darle la posibilidad al animal de poder evitarlas. Por medio de la repetición de las descargas, el animal aprendía que lo que le ocurría escapaba de su control y que nada podía hacer por evitar ser electrocutado. En ese momento, el experimentador comenzaba a darle al animal opciones para evitar los correntazos (ej: presionando una palanca, dejando la puerta de la jaula abierta, etc.) Sin embargo, se observaba que el animal permanecía quieto, impasible, como si la idea de que nada podía hacer por cambiar las cosas se hubiera marcado a fuego en su cabeza.

En España estamos un poco así. Somos pequeñas ratas encerradas en jaulas, y sólo alcanzamos a ver cómo una enorme mano de repente le da a un botón y nuestro cuerpo convulsiona. Otras veces esa mano nos vacía el comedero y el bebedero y pasamos días hambrientos. Y mientras esto pasa, permanecemos impasibles en una esquina de la jaula sin saber qué hacer, y lo que es más importante, sin saber si podemos hacer algo. España es un enorme amasijo de cables pelados y en muchas ocasiones el riesgo de electrocutarnos es tan alto que preferimos permanecer quietos, esperando que la mano gigante haga su próximo movimiento.

Hace unos meses escuché en las noticias que Suiza estaba celebrando un referéndum en los cantones de Basilea y Berna para decidir acerca de la subida o no de impuestos a las grandes fortunas afincadas allí. La consulta no fue unánime, ya que en Berna se denegó la propuesta; pero en Basilea los ciudadanos decidieron que no querían seguir viendo como familias extranjeras multimillonarias se aprovechaban del cómodo sistema fiscal suizo, por lo que se impondrán unos impuestos que recaudarán para las arcas helvéticas unos 986 millones de francos suizos. Suena extraño que en Suiza el pueblo decida ante este tipo de disyuntivas pero suena aún más extraño que en España, un país democrático, nos parezca tan raro que sea el pueblo el que tome las decisiones.

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El caso de Suiza es quizás el más extraño dentro de la democracia europea, pero su rareza radica precisamente en que cumple perfectamente con lo que representa una democracia. El sistema de referéndum es una herramienta esencial de comunicación entre gobierno y pueblo y realmente es un elemento útil y muy usado en este país. En los últimos tiempos en Suiza se han realizado referéndums acerca de aumentar o no las semanas de vacaciones de los trabajadores, acerca de permitir o no espacios para fumar en lugares públicos o incluso de habilitar espacios para que las prostitutas puedan ejercer de manera legal su actividad, por poner algunos ejemplos.

No sabemos si fue antes la gallina o el huevo, la responsabilidad democrática de los individuos o la oportunidad que dio Suiza de hacerlos partícipes en la vida política, pero el caso es que el pueblo suizo ha demostrado una responsabilidad admirable en su postura en estas consultas. La propuesta de aumentar las vacaciones de 4 semanas a 6 fue rechazada rotundamente por un 66% de los votantes, decisión tomada principalmente porque la medida afectaría de manera dramática a las PYMES: sin recursos económicos para sustituir a sus empleados durante un periodo tan largo de tiempo, estaban abocadas a la desaparición. En el caso de los espacios sin humo, 2 de cada 3 suizos rechazaron la medida en muchos casos pensando en la cantidad de puestos de trabajo que perdería el sector hostelero, además de que la legislación suiza actual ya contempla establecer espacios para fumadores en los grandes recintos. Parece que la mano que cuida a las ratas suizas les permite elegir qué comida comer, o si prefieren correntazos o una apacible siesta. Incluso los valientes roedores se atreven a morder la mano de vez en cuando, dándole a entender una premisa que es esencial recordar en democracia: no tiene sentido la mano si no hay rata, o dicho de otra forma, sin pueblo los políticos no serían nada.

Desgraciadamente el panorama en nuestro país es bien distinto. Dos referéndums en 34 años de democracia, uno de ellos para decidir acerca de la permanencia en la OTAN y otro para aceptar o rechazar la Constitución Europea. Decidir si se rescata a los bancos que produjeron esta crisis con dinero público o no parece no ser una cuestión de relevancia para los políticos españoles, tema que por otra parte sí se llevó a referéndum en Islandia, venciendo el NO y obligando a los bancos a responsabilizarse ellos solos de sus errores al igual que ellos solos se benefician de sus aciertos. ¿Pero realmente esperamos que el país funcione con un sistema como el actual? ¿Cómo van los políticos a reducir los privilegios de los grandes bancos, si la mayoría de altos cargos de estas empresas son personas relacionadas con los dos grandes partidos de España? Eso sería tirar piedras sobre su propio tejado, o siguiendo con el símil del roedor de Seligman, sería meter uno mismo los dedos en el enchufe.

El paro sube, nuestros derechos como ciudadanos bajan y nuestras expectativas de futuro ya ni existen. Nos están aplicando corrientes eléctricas en forma de recortes desde todos los lados sin tener tiempo para reaccionar. Movimientos como el 15-M o el 25-S nos han hecho darnos cuenta de que la mano que nos maltrata se pone a sangrar si la mordemos, que en definitiva el poder es nuestro y que los grandes cambios siempre han venido precedidos de grandes revoluciones. Considero que la sociedad está empezando a darse cuenta de que los políticos deben ser sólo mensajeros del pueblo, de ese pueblo que les eligió en las urnas para ser representados de manera fiel y honesta. Podemos observar como a nivel municipal, a pesar de la coyuntura política nacional, realmente hay personas que intentan hacer algo nuevo en este país, que es darle a las personas capacidad de decisión acerca de lo que quieren. Casos muy conocidos como el de Marinaleda y otros menos como el de Aspe (pueblo en el que vivo) son ejemplos de cómo, con una medida tan simple como los presupuestos participativos, dotar al ciudadano de un cierto control sobre lo que le rodea. Quizás haya gente que no se atreva a dar dos pasos porque cree que nada puede hacer, pero otros estamos dispuestos a recibir los correntazos que haga falta para poder salir de la jaula.

 
 

Me gustas, Democracia, porque estás como ausente
con tu disfraz parlamentario,
con tus listas cerradas, tu Rey, tan prominente,
por no decir extraordinario,
tus escaños marcados a ocultas de la gente,
a la luz del lingote y del rosario.

Me gustas, ya te digo, pero a veces querría
tenerte algo más presente
y tocarte, palparte y echarte fantasía,
te toco poco últimamente.
Pero, en fin, ahí estás, mucho peor sería
que te esfumaras como antiguamente.

 

Javier Krahe – Ay, Democracia

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